La imagen es icónica y se repite en cada cambio de bolas en los grandes escenarios del mundo: el jugador se dirige a su banco, ingiere sus bebidas especiales, seca el sudor y, con un ritual casi religioso, saca una raqueta nueva de su bolso a pesar de que la anterior parece estar en perfectas condiciones. Para el espectador casual es un detalle menor; para el profesional, es una cuestión de supervivencia. En un deporte donde los partidos se deciden por milímetros, el encordado no es un accesorio, es el motor de la herramienta de trabajo.
La técnica detrás del impacto
Encordar una raqueta es mucho más que colocar cuerdas en un marco. Es una técnica de precisión quirúrgica diseñada para aprovechar al máximo los beneficios del grafito y las fibras de carbono. El objetivo es doble: mantener las condiciones óptimas de tensión y, mediante sistemas de colocación correctos, alargar la vida útil del marco.
Es fundamental entender que el cordaje es el único elemento que mantiene contacto directo con la pelota. Ni el peso de la raqueta ni el balance tienen tanta incidencia inmediata en el momento del impacto. La importancia radica en que es este entramado de cuerdas el encargado de imprimir los efectos, la potencia y el control sobre la bola. Un error en el encordado no te hace perder un partido de inmediato, pero puede evitar que lo ganes al limitar tu rendimiento máximo.
Anatomía de un mal encordado: El enemigo invisible
¿Cómo saber si una raqueta está mal encordada? La incorrecta colocación de las cuerdas genera vibraciones parásitas que afectan no solo el rendimiento, sino la integridad del marco. Uno de los fallos más comunes es lo que en el gremio se conoce como “puentes” (el salto de una cuerda), lo que provoca una rotura anticipada.
Otro error crítico es tensar las cuerdas de dos en dos. Esto garantiza que la tensión no sea uniforme, provocando que el jugador pierda el «punto dulce» de la raqueta y sus golpes se vuelvan erráticos. Una mala colocación lleva a una pérdida de tensión acelerada, lo que afecta directamente la profundidad y precisión del juego.
Cuerda y tensión: El triángulo del éxito
No existe una fórmula mágica, pero sí una lógica física. La tensión ideal es aquella que se adapta al estilo, fuerza, edad y estado físico del jugador.
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Monofilamentos (Poliéster): Son la norma para quienes juegan con mucho spin o efecto. Están orientados a la durabilidad y al control. Al ser materiales más rígidos, permiten que el jugador golpee con toda su potencia sin que la bola salga despedida sin control.
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Multifilamentos: Compuestos por microfibras sintéticas que imitan la tripa natural, ofrecen un tacto superior y mayor confort. Son ideales para quienes buscan potencia fácil y para proteger el brazo de lesiones.
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Híbridos: La mezcla de ambos mundos. Colocar un monofilamento en las verticales y un multifilamento en las horizontales permite obtener el control del primero y la sensibilidad del segundo.

La paradoja de la tensión
Muchos aficionados cometen el error de copiar las tensiones de sus ídolos. Mientras que algunos profesionales juegan con tensiones extremadamente bajas (cercanas a las 25 libras) para ganar una profundidad explosiva, otros mantienen tensiones cercanas a las 70 libras, buscando un control absoluto que solo una fuerza física de élite puede manejar.
La regla de oro es simple: a menor tensión, mayor potencia (efecto catapulta), pero menor control. A mayor tensión, mayor control, pero el jugador deberá imprimir más fuerza física para que la bola camine. Para un principiante, lo ideal es un encordado maleable que tolere los golpes fuera del centro; para un avanzado con un swing rápido, el control es la prioridad.
El factor ambiental y el «vencimiento» del material
El cordaje es un material plástico en continuo proceso de estiramiento. Incluso si no se rompe, el cordaje «muere». La pérdida de tensión puede ocurrir en cuestión de minutos tras el uso intenso. Por ello, es recomendable para jugadores de club cambiar el cordaje al menos cinco o seis veces al año, aunque las cuerdas sigan intactas.
Las condiciones climáticas también juegan su partido:
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Calor y Altura: En ciudades con altitud o temperaturas extremas, las cuerdas se dilatan y la bola vuela más. Aquí se suele subir la tensión para no perder el control.
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Humedad y Frío: La humedad hace la bola más pesada, exigiendo más al cordaje, mientras que el frío contrae las cuerdas, volviéndolas más rígidas y «duras» al tacto.
Salud y Rendimiento
Un jugador con un cordaje equivocado es un candidato seguro a lesiones de codo, muñeca u hombro. Las vibraciones de una cuerda vieja o mal tensionada se expanden a través del brazo. Si a esto le sumamos una técnica deficiente, el problema se multiplica.
Elegir el encordado es como elegir los neumáticos para un coche de carreras: si no colocas los idóneos para el terreno y tu estilo de conducción, el rendimiento se verá afectado por más que pises el acelerador. La clave está en probar, asesorarse con expertos y entender que la raqueta solo es tan buena como el alma que la sostiene: sus cuerdas.
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