Para el espectador casual, Roger Federer era un bailarín con una raqueta en la mano; un poeta del revés a una mano cuya mayor virtud era la fluidez estética. Sin embargo, para aquellos que tuvieron que cruzar pelotas con él en la época más salvaje del circuito, la realidad era mucho más oscura y asfixiante. Andy Roddick, quizás la víctima más ilustre de la hegemonía del suizo, ha decidido desnudarse tácticamente en su podcast ‘Served’ para revelar la verdadera razón de su martirio.
No se trata del servicio, ni de la «danza» sobre la hierba. Según Roddick, el mundo ha ignorado durante décadas la cualidad que convirtió a Federer en el primer gran «híbrido» de la historia: la capacidad de ser, simultáneamente, el mejor atacante y el mejor defensor del planeta.
El mito de la neutralidad: La trampa del Big 4
Roddick ofrece una perspectiva reveladora sobre lo que significaba enfrentar a los titanes de esta era. Para el estadounidense, un ex número uno del mundo con uno de los saques más potentes de la historia, el tenis se basaba en resolver «acertijos». Contra la mayoría de los jugadores del top 10, Roddick se sentía cómodo una vez que el punto entraba en una fase neutral. Podía jugar al «gato y el ratón», usar el slice o sacar la bola de las zonas de confort de su rival.
Sin embargo, contra figuras como Novak Djokovic, Rafael Nadal, Andy Murray y, por encima de todos, Roger Federer, el concepto de «neutralidad» era una ilusión. «Cuando llegaba a un punto neutral contra ellos, en realidad ya estaba por detrás», confiesa Roddick con una honestidad brutal. La superioridad técnica de Federer era tan abrumadora que, incluso cuando el punto parecía equilibrado, el rival ya estaba remando contra la corriente, intentando descifrar un enigma que no tenía solución.
El pionero del ataque-defensa: El ADN de los modernos
La gran revelación de Roddick es que Federer fue el arquitecto del tenis que hoy vemos en figuras como Carlos Alcaraz o Jannik Sinner. Antes de que Nadal y Djokovic perfeccionaran la elasticidad defensiva, fue el genio de Basilea quien demostró que se podía dominar la red y el fondo de la cancha con la misma ferocidad.
«Tal vez fue la primera persona en la historia en ser el mejor jugador ofensivo y el mejor defensivo al mismo tiempo durante su prime», analiza Roddick. Mientras el público se deleitaba con el «vuelo» de su derecha, Roddick sufría la capacidad de Federer para devolver pelotas imposibles y, en el siguiente golpe, ejecutar un ataque quirúrgico. Fue esta dualidad la que rompió el equilibrio del circuito y obligó a sus sucesores a desarrollar ese nivel de «tenis total» para poder competirle.
Wimbledon 2009: El día que el enigma casi se resuelve
Roddick también recordó la mítica final de Wimbledon 2009, una herida que sigue abierta en la memoria de los fans. Aquel día, Andy sintió por primera vez que hablaba el mismo idioma que el suizo en los rallies de revés. «Fue quizás el único partido donde me sentí cómodo», admite. El calor de la jornada y las condiciones rápidas permitieron que el estadounidense mantuviera el espacio necesario para no ser devorado por la táctica de Roger.
Aun así, la conclusión de Roddick es una lección de humildad deportiva. Para vencer al Federer de aquella época, no bastaba con ser igual de bueno; había que tomar riesgos que rozaban la temeridad. Federer no solo jugaba al tenis; rediseñaba los límites de lo que un jugador podía hacer en ambos lados de la red. Hoy, Roddick lo analiza desde la barrera de los medios, pero sus palabras sirven de advertencia: lo que nosotros llamábamos poesía, para ellos era una tiranía técnica sin precedentes.
Te invitamos a leer: Pánico en la sombra: El grito de auxilio de Vondrousova ante el acoso y el dopaje
